miércoles, 13 de diciembre de 2017

No tengas hijos

Naciste un buen día en un chamizo destartalado, en el páramo desierto que envuelve la heroica ciudad. Cuando preguntan por ti, por tu lugar de alumbramiento, no citas el Cerro Bola, el cochambroso jacal en las faldas de la sierra, las vistas de la cercana Tejas que tanto te apasionaba y que tantos quebraderos de cabeza te ha dado a lo largo de tu vida. Hablas de Ciudad Juárez, de su maraña de calles y casas bajas, de tu felicidad al ver por primera vez un partido de béisbol en la colonia Aztecas. Ya no recuerdas el olor de la tierra que se inoculaba en tus pulmones a cada batida de viento, ya no trepas a los riscos escarpados. Solo piensas en huir hacia adelante.
Es lo que tienes que hacer, nomás. Huir, correr por las llanuras salpicadas de cactus y astrágalus. Tienes que dejar atrás todo aquello que fuiste. No importa, piensas, no es la primera vez. Huiste de Cerro Bola, huiste de Juárez, huirás de Utah. Pasarás página y todo empezará de nuevo.
Aún recuerdas tus primeros intentos de cruzar el río Bravo, tus encontronazos con los guardias de tránsito. Eras puro fuego y no dudabas en arriesgar tu funesta vida por cumplir tu sueño dorado: atravesar la frontera, ganar miles de dólares y disfrutar de la vida que, intuías, existía más allá de las montañas Franklin. Ahora, que caminas por la pedregosa tierra de las oportunidades, sabes que no es así, pero es tarde para arrepentimientos. Dos policías, dos pinches tecolotes os siguen a ti y los tuyos.
Cuando al decimoquinto intento conseguiste llegar a la soñada Tejas, en la cabina de un tráiler de la General Motors, pensaste que la vida te había dado ese vuelco con el que sueñan todos los personajes de las películas de Hollywood, esas que antes devorabas a diario y que ahora te resultan pura charlatanería. El camión se adentró en la tierra prometida y esperaste a que el azar te mostrara un nuevo lugar en que detener tus pasos. Y fue el azar, sin duda, el que hizo que la portezuela del tráiler, donde te escondías entre cientos de piezas metálicas, se abriera frente a la ciudad de Pecos. La sonoridad de su nombre y el recuerdo de John Wayne fueron suficientes motivos para descender de un salto y probar suerte en aquel ignoto lugar.
Pasaron uno, dos, tres años. la vida en Pecos es divertida si eres un jodido gringo blanquito con ínfulas de sheriff, pero un calvario si eres una mejicanita linda y con buenas tetas. Encontraste un trabajo de camarera en un salón con la oscuridad pegada en las paredes, y pronto supiste que aquello no era para ti. Los hombres te miraban con lascivia, las mujeres escupían a tus pies por la calle. Todos pensaban que vendías tu cuerpo, de la misma forma que vendías tu tiempo en aquel antro inmundo.
Harta de habladas, decidiste marchar una vez más. Pero, ¿a dónde?
Los reclutamientos estaban a la orden del día en aquella época. Carne de cañón para una guerra que a nadie le apetecía continuar, pero tampoco se sabía cómo detenerla. Te vestiste con ropas de hombre, te presentaste en una oficina y el Tío Sam te acogió con los brazos abiertos. Tal vez tu disfraz era muy bueno, o simplemente no les importó saber quién eras. Al fin y al cabo, solo erais números en mitad de una escabechina. Pero eso tú ya lo sabes, ¿verdad?
Os lanzaron a toda la compañía al interior del conflicto, al valle de Ia Drang. Thomas os subía y bajaba con el helicóptero con gran habilidad, y vosotros solamente teníais que vaciar los cargadores. Era un espectáculo veros a todos: a Troy, a Smith, a Cousins... buenos tipos que fingían no ver tus inflamados pechos, tu rostro de mujer. En mitad de la destrucción, de los bombardeos masivos contra aldeas de vietnamitas desarmados, de ataques aleatorios y sanguinarios contra la población inocente, sentías por primera vez en tu vida que nadie osaba juzgarte. Estaba todo el mundo bastante despistado con intentar sobrevivir.
—¡Dantés! —te dijo el capitán Morris—. ¿Por qué narices no estás disparando a todo lo que se mueve?
—¡Señor! ¡No quiero malgastar balas, señor! —el bigote gris de Morris se torció con tu respuesta. No le caías especialmente bien.
—¡Si las malgastas, es que tienes que apuntar mejor! ¡Vamos, jodido recluta! ¡A matar unos cuantos amarillos!
Y te unías a la orgía de balas, al aniquilamiento de otros seres humanos que, hasta ese momento, apenas habían oído hablar de América en la radio. La llamada tierra de las oportunidades había llegado a la selva asiática para quedarse, y tú, en medio del huracán, no eras capaz de ver hasta qué punto habías perdido la cabeza.
Un día, cerca de Pleiku, mientras avanzabais lentamente en una misión de reconocimiento del terreno, oíste un ruido extraño, diferente. Troy, que estaba a tu lado, te miró con indiferencia y siguió caminando. Al parecer él no había escuchado nada, pero Troy siempre estuvo duro de oído. El caso es que, para cuando qusiste dar la voz de alarma, estabais en mitad de una emboscada.
El griterío era ensordecedor. La humedad se pegaba a tu piel como un adhesivo industrial, lo que unido al calor de la batalla te hacía sentir como si te estuvieras cociendo en tu propia ropa. Las balas cruzaban cerca de tu cabeza, silbantes, en busca de un trozo de carne al que aferrarse.
El primero en caer fue Smith, con una docena de balas en su enorme cuerpo. Después, sin tiempo para lamentarte, viste caer a Cousins. El Viet Cong os estaba apretando las pelotas, y no teníais forma de escapar. Hasta el helicóptero de Thomas estaba recibiendo de lo lindo, así que nadie podía sacaros de ahí. Era cuestión de tiempo que sucediera.
La primera bala te atravesó limpiamente el hombro, lo que agradeciste más tarde, pero no en ese doloroso instante. Después, el costado izquierdo, la rodilla derecha y la cadera fueron las siguientes víctimas. A partir de ese momento, la maleza circundante se convirtió en nebulosa para ti, por lo que no pudiste ver cómo el apoyo de otra unidad os echaba un cable y el capitán Morris os sacaba de aquel infierno a rastras hasta quedar a salvo.
Lo siguiente que recuerdas es la mirada profunda y fija de LeGrant clavada en ti.
Como médico destinado a aquel remoto lugar, LeGrant se aseguraba de que todos sus pacientes sanaban y se involucraba en sus cuidados. Por eso, no fue extraño que él fuera el primero en descubrir tu femenil secreto. Lo observabas como se observa un insecto, como si fuera él el postrado sobre el catre maloliente del hospital.
Fue vuestro rechazo mutuo lo que os hizo más atractivos para el otro. Cuando tus heridas sanaron y decidieron devolverte a Estados Unidos, ya como mujer, a LeGrant le faltó tiempo para acompañarte.
Diez años y dos hijos después, estás aquí. Huyendo. Pero, ¿de quién?
Cuando tienes toda una vida de sosiego y paz por delante, el vértigo puede sobrecogerte por completo. Pasar de tu independencia montaraz a la beatífica vida marital es un cambio para el que pocas personas están preparadas, y tú no eres una de ellas.  Así, en vez de recordar tus inicios en Cerro Bola, la aridez del desierto, la lenidad del viento acariciando los agaves, te emperraste en rememorar la emoción de la aventura, las noches de Ciudad Juárez, los convoyes de las maquiladoras... fue sencillo entablar conversaciones con camioneros, con trabajadores, con cualquiera dispuesto a venderse por dos o tres billetes. Entablaste una vida sencilla y rutinaria con LeGrant, mientras que, cuando él viajaba, o trabajaba, o simplemente miraba hacia otro lado, robabas las mercancías y las vendías en el mercado negro. Es tan emocionante sacarse uno o dos de los grandes sin apenas mover las petacas del sofá... solo hay que asomarse a la noche de Utah, con una Pacífico bien helada en la mano, a miles de kilómetros de todos tus problemas.
Desgraciadamente, fueron los problemas los que decidieron venir a ti.
Aquellos dos rangers, con su ropa recién planchada y estrenada, apestaban a trampa a kilómetros de distancia. Los viste llegar sentada en tu porche, los niños jugando en el patio, la tarde caliginosa empapando tu cuerpo. LeGrant está operando a un hombre a vida o muerte, por lo que no hay que preocuparse de que descubra tus problemas. Solo tienes que agarrar a tus hijos, meterlos en la pickup y salir a rajamadre antes de que esos pinches mecos vuelvan a abrirte los orificios del cuerpo.
La Ford os saca del barrio antes de que los recién llegados se atrevan a desenfundar sus armas, pero os deja tirados en poco tiempo. Los niños están confundidos, apenas jugaban tranquilamente diez minutos atrás y ahora huyen de no uno, varios coches de policía en su búsqueda. Solo os queda adentraros en el desierto y rezar por que nadie os encuentre.
Repasas la situación. Estás sola, con tus dos hijos, en mitad de la nada, esperando que unos sicarios con sed de dinero no os encuentren en un paraje yermo y extenso, en un solar donde es difícil no ser visto. Si al menos, te dices, estuvieras sola, podrías esconderte entre las rocas, enterrarte bajo tierra, simular un suicidio. Podrías escalar aquella colina, divisar una escapatoria para todos.
Pero no puedes.
Tienes dos hijos lentos y quejosos. Te ralentizan. Frenan tu escapada.
Debes quedarte junto a ellos y esperar el fatal desenlace. O puedes abandonarlos a su suerte y escapar con vida. Quizá a ellos no les hagan nada. Tal vez se apiaden de unas personitas diminutas. De unos querubines de ocho años.
No, sabes que no lo harán. Morirán si les atrapan. Morirán de todos modos.
Ellos están condenados. A ti aún te queda una posibilidad.
¿Qué vas a hacer, Irene?

--FIN--

Datos del receptor:
Nombre: Irene Dantés.
Lugar de naciemiento: Cd. Juarez, Chihuahua en la mera tierra de los dorados del norte y en frontera con El Paso, Texas, si ñor.
Aficiones: Leer y pelear con el mundo.
Lugar donde quiero que pase mi relato: en el viejo Oeste. Toma!
Edad: 38 veranos.
Miedo: a perder a la gente que amo, y a las muñecas clásicas.
Consigna: Relato bélico que tenga que ver con la Guerra de Vietnam.

--SIN TÍTULO--

-          Era ese sueño, ese maldito sueño que lo atormentaba años después. Se levanto empapado en un sudor frio aturdido y desorientado, se encamino hacia el baño, frente al espejo contemplo su reflejo, sus heridas de guerra su cara mutilada y su brazo faltante. Era difícil olvidar el infierno que vivió en los campos de concentración nazi cuando su reflejo se lo recordaba todas las mañanas. Había caído en uno de los campos junto con otros soldados norteamericanos al sufrir una emboscada. Se lavo la cara y se dispuso volver a la cama junto a su mujer que dormía a su lado. Vanamente intento conciliar el sueño, las imágenes recorrían su mente en una especie de Flashback. Había perdido el brazo y parte de su cara al intentar escapar por un campo minado, lo que había sucedido después no lo recordaba con claridad. Había recobrado la conciencia en un cuarto sucio y oscuro sin saber donde estaba. Deliraba de fiebre a causa de las infecciones de sus heridas, las del escape y las que recibía por parte de los oficiales, ese era el castigo por intentar escapar. Cada tanto aparecía alguno de ellos para hacerle preguntas sobre los planes del ejército norteamericano.
La noción del tiempo era inexistente, no le daban agua ni comida, sus heridas seguían infectándose. Muchas veces se vio obligado a beber su orina para no morir deshidratado. Vivió todo ese infierno deseando cada segundo su muerte.
Parte de su memoria había reprimido todo lo que había vivido en ese infierno nazi, lo que vivió el y lo que le toco ver, las torturas hacia las otras personas eran terribles, en sus pocos momentos de lucidez pensaba como un ser humano era capaz de semejantes atrocidades, como se sentían dueño de la vida ajena y como dios si es que habría algún dios permitía que los torturen de esa manera. Muchas veces al despertar atormentado en el medio de la inmensa oscuridad se preguntaba si realmente no había muerto y eso era el infierno si era el castigo de dios por todas las personas que mato en la guerra antes de ser capturado.
Recordaba haber despertado en una especie de hospital, una persona limpiaba sus heridas, su cara era borrosa como todo lo que había vivido, vagamente se disipaba en su mente como una persona se disipa entre la niebla de un callejón oscuro. La persona le dijo que se encontraba a salvo, Que la guerra llegaba a su fin, le pregunto si recordaba su nombre y se sorprendió al descubrir que no había pensado en eso en todo ese tiempo, como si la persona que habría sido antes de que inicie la guerra ya no existía, intento recordar y lo logro, se llamaba Juan. Todo parecía tan lejano… aun sin tener noción del tiempo se durmió y en su interior sintió el deseo de no despertar jamás. Pero despertó. Al abrir los ojos se encontró con los de su mujer, Ella lo miro y en sus ojos el noto un destello de lastima y rechazo al examinar su cara y lo que quedaba de su brazo derecho. Cuando Juan ya había recobrado la conciencia le conto que la guerra había terminado cuando Estados Unidos lanzo bombas atómicas a Japón.
Para cuando la guerra fría comenzó ellos ya se encontraban lejos tratando de rehacer su vida. Con el tiempo tuvieron dos hijos que crecieron sanos y fuertes.
Todo eso había vuelto muy de repente, era mucho para recordar en una sola noche, el estomago se le revolvió a causa de los recuerdos. Miro a su lado y ahí se encontraba su mujer durmiendo serena como todas las noches, ella no tenia recuerdos que la atormentasen. Se dispuso a dormir y para su sorpresa lo logro, por la mañana llegarían sus hijos a pasar navidad con ellos. Por la mañana al despertarse todo lo de la noche anterior había quedado casi en el olvido.

Preparo café y se dirigió hacia la tienda a comprar algunas cosas que necesitarían para la noche, ya se había acostumbrado a la mirada de pena de las personas, muchas veces veía esa mirada en su propia familia. El vendedor le pregunto si se le ofrecía algo mas y respondió que no, agarro las bolsas y se marcho. Cuando llego a su casa sus hijos ya se encontraban allí, lo recibieron con un abrazo y rieron toda la mañana recordando viejas cosas. El espíritu navideño se sentía por toda la casa, esa navidad prometía ser fabulosa. Cenaron y rieron como nunca. Bebieron vino y miraron la televisión, estaban viendo unos de los programas favoritos de su hija, ese en el que la familia debía responder una serie de preguntas para ganar un viaje a cualquier parte del mundo una cosa o cosas por el estilo. Por un momento sintió como si fuera el personaje de algún reality show o de alguna historia escrita por una adolecente aficionada a la escritura. Se sentía confundió, algo parecido a lo que se siente cuando uno tiene un déjá vu. Salvo que lo que sentía no era eso sino la sensación de estar viviendo en una realidad alternativa. Descarto la idea rápidamente, era una locura. Pero el trascurso de la noche le demostraría que quizá no era del todo una locura. La noche siguió su curso pero la sensación de realmente no estar viviendo no desaparecía, por un momento todo se torno oscuro, sentía nausea y mareos, les dijo a sus hijos y su mujer que quizá había tomado mucho vino y se marcho a la cama. Se recostó y eso no le ayudo mucho, la habitación le daba vueltas como si estuviera envuelto en un remolino feroz los colores se intensificaban y se apagaban a su vez. Las voces del piso de abajo se distorsionaban y aumentaban convirtiéndose en una especie de aullidos y gritos desesperados. Una vez en su juventud había experimentado con LSD y había tenido lo que llamaban un mal viaje, la sensación que sentía ahora era idéntica a la de esa vez, el terror se apoderaba de el. Estaba en la boca del huracán, envuelto en el remolino, mientras todo a su alrededor se distorsionaba. De repente todo se volvió oscuro, ya no sentía las voces del piso de abajo, intentaba gritar, pedir ayuda pero su voz se ahogaba en su garganta. Era como estar en una especie de túnel oscuro. Empezó a escuchar voces débiles y en la desesperación trato de seguirlas, estaba perdido en el medio de esa oscuridad cuando de repente una luz blanca se intensifico delante de sus ojos como si hubiera encontrado la salida de ese túnel tenebroso, pero lo que vio lo asusto aun mas que la propia oscuridad, se vio tendido en una cama y a su alrededor había otras personas que no podía reconocer. Lo que lo asusto no fue verse a el en una cama sino en el estado en el que se encontraba. Era exactamente como había despertado en ese hospital después de que la guerra había terminado, pero a diferencia de que su mujer no era como había sido siempre, simplemente no tenia rostro al igual que las demás personas que la rodeaban, pronto se dio cuenta que ya no podía recordar el rostro de su mujer, con la que había estado apenas unos minutos antes siquiera podía recordar la de sus hijos tampoco, de repente ya no podía recordar nada. Aterrado intento huir por donde había llegado ahí pero al darse vuelta el túnel negro se alejaba cada vez mas hasta quedar reducido a la nada misma. Las voces volvían a intensificarse y en su cabeza retumbaban como un eco que le recorría el cerebro entero y hacia explosiones en el. Lo último que pudo captar antes que todo quede en la oscuridad era ver a esas personas abalanzarse sobre él, tratando de asistirlo aunque para sus ojos parecían una manada de leones devorando a su víctima, todo al grito desesperado que explotaba en su cabeza “LO PERDEMOS”.

--FIN--

Datos del receptor:
- Nombre: Juan Esteban Bassagaisteguy.
- Dos aficiones: el fútbol y la escritura.
- Un lugar: Claromecó (provincia de Buenos Aires, República Argentina).
- Edad: 44 años.
- Lugar de nacimiento: Rauch (provincia de Buenos Aires, República Argentina).
- Estado civil: casado.
-Trabajo: contador público en forma independiente.
- A qué le tienes miedo: a las alturas.
- Dos libros: «Las tumbas», de Enrique Medina, y «Misery», de Stephen King.
Consigna: Relato bélico en el que se mencione o tenga que ver con la Segunda Guerra Mundial

Un billete para Aokigahara, solo ida

Droz Luna leía «Las aventuras de Sherlock Holmes» aquella tarde a la vez que escuchaba una canción de Spinetta, «seguir viviendo sin tu amor»; minutos antes había escuchado «Hey you».
A sus diecinueve años, aquella buhardilla era su Fortaleza de la Soledad particular contra la soltería, donde disfrutaba de sus libros y su música. Dejó el libro que leía junto al de «Cementerio de animales» que reposaba en la mesita de café. Se acercó al poster de Leo Messi que tenía decorando la puerta de entrada y lo arrancó de golpe. La cara del futbolista quedó rajada al medio.
El último chico que le había roto el corazón no había vuelto a dar señales de vida desde el mensaje que le había mandado a su teléfono móvil una semana atrás. En él, cobardemente, le decía que su relación se había acabado. Desde entonces no respondía a sus llamadas ni a sus mensajes. Lo había buscado por todo Adrogue, pero era como si se lo hubiera tragado la tierra. Aquello había hecho que la depresión se comenzara a apoderar de ella. No quería comer, no podía dormir y lo único que le reconfortaba era pasar las horas leyendo en su buhardilla.
—¡Luna! —la voz de su madre le llegó desde la cocina en la planta de abajo. Por el tono, la chica notó que estaba enojada—. La mesa no se va a poner sola.
Odiaba poner la mesa y más en el estado en el que se encontraba. No tenía fuerzas mentales para enfrentarse con su progenitora, así que cerró el libro y salió de la buhardilla. Su santa sanctorum quedó cerrado y esperando su regreso, pero este no se produciría. Su Adrogué natal iba a quedar muy lejos en pocas horas, pero ella aún no lo sabía. Un nuevo grito de su madre asustó a la chica. Temía a aquella mujer cuando estaba enfadada. Aquellos ojos que la miraban destilando odio, como encendidos en fuego le causaban pavor.
Desde pequeña había temido a su madre y a sus ataques de ira. Cuando hacía algo mal, ella le gritaba y la humillaba llamándola inútil, desgraciada y recordándole una y otra vez que había sido una hija no deseada. Después de aquello, en ocasiones la golpeaba y en otras la encerraba en el sótano, en lo que ella llamaba el cuarto de las ratas. Allí realmente no había ratas, sin embargo en una ocasión, durante las inundaciones de 2011, ella estuvo allí castigada durante toda la tormenta y algunas ratas se colaron allí escapando de la tromba de agua. Desde aquel día temía a las ratas tanto como la ira de su madre.
—Perdoná, vieja —le dijo la chica—, tuve que acabar de recoger algunas cosas de mi cuarto.
La mujer pareció conformarse con la excusa. Luna cogió dos platos, dos vasos y dos juegos de cubiertos y se encaminó hacia la puerta para llevar el menaje hasta el comedor. Entonces su madre la agarró por la cola de caballo con la que adornaba su pelo y jaló hacia atrás. La vajilla se hizo añicos contra el suelo y los cubiertos repiquetearon contra él cuando la chica dio un paso de espaldas. Después su frente se estrelló con la encimera de mármol ayudada por la mano de su madre. La sangre comenzó a brotar unos centímetros por encima de su ceja.
—Cuando yo te llamo, quiero que vengás enseguida.
—Soltame, pelotuda —pataleaba la joven.
Otro golpe llegó por parte de su madre, pero esta vez fue un fuerte puñetazo contra las costillas, a la altura de los riñones. Después otro más. Luna seguía revolviéndose intentando zafarse de su madre. La mujer adulta agarró una sartén e intentó golpear la cabeza de la muchacha, pero esta, esperándose ese movimiento se protegió con su brazo. El sonido metálico vibró por toda la habitación.
Luna se consiguió soltar de la presa de la madre e intentó ponerse a salvo. Una lluvia de vasos calló sobre ella, que se protegía la cara con sus brazos. Cuando los jarros se terminaron, la madre comenzó a buscar algo con lo que atacar a la chica; momento el cual ella aprovechó para devolverle a su madre alguno de los proyectiles que ella le había lanzado segundos antes.
Después intentó abandonar la cocina, pero antes de que pudiera salir su madre atacó de nuevo golpeándola con otra sartén en un hombro. La chica empujó a su madre contra la nevera. Un nuevo golpe, esta vez con la mano vacía, atinó sobre la oreja de su hija. La chica se tiró a morder el brazo de la madre y apretó con todas su fuerzas. Un grito desgarrador se elevó hacia el cielo. La chica continuó apretando cuando otro golpe se estrelló otra vez contra su oreja. Luna soltó a su presa y la empujó, esta vez contra la encimera.
Las discusiones, e incluso los golpes, entre ambas eran frecuentes, pero nunca habían llegado a aquella magnitud. Discutían, se insultaban y alguna vez su madre le había dado una cachetada, pero ahí se había acabado siempre.
La madre agarró un cuchillo largo y afilado y lanzó varias estocadas contra su hija, aunque todas erraron. Un nuevo empujón hizo caer a la madre y que se golpeara en la cabeza perdiendo el conocimiento.
Aquello había sido la gota que había colmado el vaso de la paciencia de Luna. Corrió hacia su cuarto, sacó una gran bolsa de viaje y comenzó a llenar de ropa y objetos de aseo. También recogió sus documentos personales y el dinero del que disponía. Sin volver a pasar por la cocina, abandonó la casa para siempre.
Haciendo autostop y cogiendo un autobús llegó hasta el aeropuerto de Buenos Aires. Allí deambuló durante casi doce horas sin saber a dónde ir, hasta que encontró un folleto tirado al pie de una papelera. Era de Japón, del bosque de Aokigahara. Al principio no le llamó la atención hasta que llegó al párrafo donde decía que aquel era conocido como el bosque de los suicidios. En él, se decía, habitaban las almas errantes de las personas que había decidido acabar con su vida de una manera temprana y terrible.
A Droz Luna siempre le había fascinado el tema de los espíritus y las almas errantes. Entonces decidió que viajaría a Japón y visitaría aquel bosque.
—Hola —le dijo al hombre del mostrador—. Un billete para Aokigahara, solo ida.
Dos días después la chica deambulaba por los parajes bucólicos de aquella zona maldita del país del Sol Naciente. A pesar de haber ciertas zonas restringidas al público, la chica consiguió burlar la seguridad y logró llegar hasta la zona más profunda del bosque. La más interesante.
Según las leyendas locales, allí, Yamatohime Mako, hija del emperador Koichi Mako, se quitó la vida por culpa de un amor prohibido. Yamatohime se había enamorado de un mozo de cuadra. Una relación prohibida llevada en secreto durante algunos años, hasta que el Emperador convino el matrimonio con un príncipe europeo. La joven escapó con su amante en una noche sin luna y se refugiaron en el bosque de Aokigahara. Cercados por el ejército imperial, caminaron hasta el interior, pero fue en vano. Los soldados los capturaron y bajo las órdenes del Emperador, el mozo fue ahorcado allí mismo acusado del secuestro de la Princesa. La muchacha, al observar impotente como su amante era asesinado, le arrebató la katana a un soldado y se atravesó de parte a parte con ella. Bajo  las lágrimas de su padre murió desangrada en el interior del bosque. Desde aquel día el espíritu de la princesa se aparece a las personas que visitan el bosque. Les pide ayuda para evitar que maten a su novio y cuando no lo consiguen les quita la vida ahorcándoles del mismo árbol del que colgaron al mozo de cuadra.
Luna conoció aquella historia y quiso comprobar la realidad de la misma. Sabía que era poco probable que un fantasma pidiera su ayuda y que si no se la prestaba la asesinara, pero no tenía nada que perder.
Miró en todas direcciones, sobre todo hacia arriba, en busca de la princesa o del cadáver ahorcado de su amante, pero no halló rastro de ninguno de los dos. La noche iba cayendo y la vista se le iba haciendo cada vez más corta; sin embargo, el oído se le iba afinando debido al silencio del lugar. Entonces un ruido la alertó. Tenía que ser un cuidador del parque que fuera avisando a la gente que se acercaba la hora del cierre y debían de abandonar el lugar.
Luna, lejos de querer irse, se ocultó entre unos arbusto. Tendida en el suelo y tapada por algunas ramas, pasó inadvertida a los ojos del vigilante, no así de otros ojos, más profundos y tenebrosos.
—¡Corre! —le dijo una voz cercana. La muchacha se asustó y se puso en pie con el corazón latiéndole con gran velocidad—. Estás en peligro, corre.
Miró a derecha e izquierda pero no encontró al propietario de la voz.
—Aquí arriba —le dijo de nuevo.
Miró hacia donde le indicaban y se encontró con una silueta masculina que colgaba de uno de los árboles más altos del lugar. En su busca anterior, no había reparado en él porque estaba demasiado alto y oscuro. Luna emitió un grito y enseguida se llevó las manos a la boca para acallarlo.
—¡Ayúdame! —pidió la voz con dificultades respiratorias—. Me han colgado de este árbol y me estoy ahogando.
—Conozco tu historia. Los soldados del Emperador te han colgado ahí pensando que has secuestrado al a princesa.
—¡NO! Yo no he secuestrado a nadie —dijo—. Ni soy un fantasma como dice la leyenda. Me llamo Akira Nohara y vine desde Tokio a visitar el bosque.
—Voy a buscar la forma de bajarte de ahí.
La chica comenzó a mirar los árboles cercanos en busca del otro extremo de la cuerda del que pendía el joven, pero no encontró nada. Decidida, empezó a trepar por el tronco del árbol del que suponía que colgaba el chico. Cuando llegó a las primeras ramas y se tomó un descanso, escuchó otra voz, esta vez femenina.
—¡Nadie nos volverá a separar jamás! —le dijo—. Mi padre ya lo intentó, pero fue en vano, porque yo conseguí unirnos para siempre. Mataremos a todas las personas que lo intenten.
—Yo no quiero separaros —argumentó Luna—. Solo quiero salvar la vida de ese muchacho, que creo que tampoco tenía intención de separaros.
—Son muchos los que lo han intentado y no lo hemos permitido —dijo ahora otra voz de hombre: el amante de la princesa Yamatohime.
—No os miento. Yo no quiero separaros, y seguramente nadie de los que por aquí pasean lo intente. De hecho lo que se cuenta es que la princesa pide ayuda a los vivos para evitar que el Emperador te mate. La gente no quiere separaros, si no ayudaros.
—¡Ayúdame! —pidió el chico ahorcado.
—Dejad que le baje de ahí. Va a morir y, al igual que vosotros, seguro que está enamorado y alguien lo espera en su casa, no hagáis lo que os hicieron a vosotros. Permitid que viva y así vosotros podréis continuar viviendo vuestro amor  eterno ahora que sabéis que nadie os quiere volver a separar.
Y así lo hicieron. Como flotando, el muchacho llegó al suelo y quedó tendido inconsciente. Luna descendió por su propio pie y se arrodilló a su lado.
—No temas —le dijo el espíritu de la princesa Mako—. No está muerto. En breve recuperará el sentido y no recordará nada de lo sucedido. Gracias por salvar nuestro amor.
Los dos espíritus se desvanecieron. El chicho fue abriendo los ojos mientras estos iban enfocando la imagen de la chica más guapa que jamás había visto y la que sería el amor de su vida.

--FIN--

Datos del receptor:
Nombre: Droz Luna.
Edad: 19 años.
Lugar de nacimiento: Adrogue, Argentina.
Estado Civil: Soltera
Libros: Cementerio de animales y Las aventuras de Sherlock Holmes
Canciones: Seguir viviendo sin tu amor(spinetta) hey you (pink floyd)
Miedo: A mi Mamá y a las ratas.
Lugar: Aokigahara (bosque del suicidio en Japón)
Aficiones: La literatura y el fútbol
Consigna: Relato romántico con final feliz