lunes, 2 de abril de 2018

Hotel, dulce hotel

Muy señores mios:

Me dirijo a ustedes haber si fueran tan amables y Pudiera ser y me pudieran enviar algunas tarjetas de llaves de habitacióN, Les diré que soy coleccionista y me encantaria poder tener en mi coleccióN algunas de este hotel, así como si tuvieran algun modelo distinto mas antiguo O de otro hotel.

Muchas Gracias. Saludos JFL.
Y, a todo esto, adjunta un sobre vacío con sello y su dirección escrita con una grafía algo diferente a la de la misiva.

—¡Será posible escribir peor! —El grito de terror recorre inmisericorde la entrada y la parte de la planta baja del edificio— ¿Y las tildes? ¿Haber? Dios mío… Y pensar que creía haberlo visto todo.
La recepción del hotel aparece pobremente iluminada por dos lámparas de luz amarillenta que cuelgan del techo. Algo desfasadas para la época, caen sobre un mostrador de madera de roble decorado con motivos frutales y todo un repertorio de seres marinos imaginarios, que reposa polvoriento bajo los codos de la joven que cumple su turno de trabajo.
Atónita, contempla paralizada el pedazo de papel manuscrito que ha llegado con el correo de la mañana. A ratos, sonríe como poseída; otras veces, eleva la mirada hacia las telarañas del techo con la mano descansando en el mentón. Hacía tiempo que no le ocurría nada inusual.
***
La mañana es fría, y JFL se dispone a calentar algo de agua para preparar un té con limón. Leyó hace tiempo en la sección de trucos caseros del Pronto que es un remedio infalible contra la grasa acumulada y el agotamiento. Hace días que no duerme pensando en su siguiente trofeo, así es. Debe tranquilizarse y diseñar el plan lo mejor posible para que no vuelva a ocurrirle lo de la última vez.
Sonríe al oír el silbido de la vieja tetera. Oh, su última conquista, ese pobrecito ruso de la bufanda roja… No quiso facilitarle el trabajo y tuvo que emplearse a fondo con él. Aquella minúscula habitación en una sucia pensión, el olor a sopa quemada que ascendía desde la cocina, un hacha afilada…
—¡Basta ya! —grita en la soledad de su hogar—. No es momento para regocijarse en el pasado —se reprocha con una voz más aguda de lo que cabría esperar—. Céntrate en la muchacha y haz el favor de vestirte aunque sea para estar por casa.
El hombrecillo se atusa el bigote con la mano izquierda y se dirige pensativo al cuarto de baño, no sin detenerse antes en mitad del pasillo para asomar la cabeza por la rendija de una habitación a oscuras. Enciende la luz y contempla su obra de arte: varios paneles de sucio corcho blanco plagados de llaves visten las paredes. Algunas son grandes y antiguas, otras más modernas, de latón, hierro…  A su izquierda, una con un lazo rojo deshilachado, otra más allá manchada de tinta, la del famoso hotel Pennsylvania, una diminuta y ennegrecida llave estilo alsaciano de principios del XIX… Hay una que brilla por encima de todas al contacto con la luz de la bombilla que se balancea en el techo, y luego está la de la habitación número 333 de Kansas City. La favorita. Su época en Estados Unidos fue más que fructuosa para la colección.
Sobre el escritorio también hay varias tarjetas de hotel ordenadas alfabéticamente: Pensión Alcaraz, donde conoció a Luisa, amante fugaz; Hotel Calígula, oh, divino palacete; Residencial Edelmiro, moderno y al mismo tiempo decadente… Qué tiempos, piensa. Qué aventuras.
—Pronto tendrás la siguiente —susurra con voz melodiosa y femenina.
Asiente y se encierra en el cuarto de baño, donde canturrea un rato una canción infantil hasta que queda silenciada por el agua que choca contra el plato de ducha.
***
Las paredes son de papel. Otra vez el señor Orestes se lamenta por no haber sido capaz de parar a tiempo. Que si no ha sido culpa suya, que si las tijeras le decían que continuara, que continuara… El trabajo bien finalizado es fundamental para alguien como él. Para quién no. Aunque hay que reconocer que la peluquería es un oficio complicado. La cuestión es quejarse. Como la señora Pamela, que jamás queda satisfecha tras sus encuentros con jóvenes becarios a quienes incluir en plantilla. Lleva meses entrevistando candidatos sin éxito.
—La cuestión es quejarse —vocea la joven a medida que se desplaza por el largo pasillo con el carro de servicio.
Es miércoles. Los miércoles debe llevar el almuerzo a la 234. Un tipo arisco de nariz aguileña le abre la puerta y, sin sonreír, asiente mientras se relame al oler los huevos revueltos.
—Otro pirado —susurra al volver hacia la recepción con el carro vacío.
La verdad es que el hotel cuenta con más clientes habituales de lo que nunca hubiera imaginado. Pensándolo bien, poca gente va de paso por esa carretera para visitar… ¿El qué? Nada. Ni atractivos turísticos, tampoco zona de negocios… Pero ahí está. Dominando el valle, el edificio de más de 150 habitaciones lleva casi cien años dando servicio.
—Qué más da el porqué. Al menos me pagan a fin de mes. —Y la chica da el último giro al pasillo para adentrarse en la lúgubre cocina pensando en el aburrimiento que le espera durante lo que queda de día.
Al menos tiene un aliciente esa semana. Contestó la carta de JFL, el loco ese de las llaves, y le dijo que sin ningún problema le regalaría una llave del hotel siempre y cuando fuera personalmente a por ella. Aún no sabe por qué le escribió eso. Supone que por salir de la rutina.
***
Es viernes y la luna llena brilla en el cielo raso. Las últimas ráfagas de viento agitan los escasos mechones de pelo en la frente de un tipo enjuto.  Espera en la puerta de un edificio que parece gobernar en la zona. El hombre mira hacia el cielo y piensa que todo es muy cinematográfico, como a él le gusta vivir el día a día. Con juegos de luces, claroscuros, las ramas de los árboles moviéndose al ritmo del viento y esa lúgubre lucecilla de la recepción que le está invitando a entrar. Ha quedado con la persona que tan amablemente le respondió por carta y le ofreció ir personalmente a conocer el paraje y su historia. Sonríe mostrando los pequeños dientes amarillentos.
—Esta vez, sí —tartamudea nervioso mientras se tapa la boca por si alguien puede oírle.
Se dirige con su pequeño maletín de piel hacia la entrada avanzando ceremoniosamente por los doce escalones que conducen a la puerta giratoria de cristal. El chasquido hace que la figura que se adivina al fondo de la entrada se incorpore frente a lo que parece un mostrador. Camina sigiloso, con tiento, como si cada paso que da fuera a delatarle. No le supone gran esfuerzo entablar conversación con la muchacha. Habla sobre el tiempo, el viaje, la majestuosidad del edificio y el acierto del emplazamiento… Pan comido.
Lo siguiente es una visita breve por la planta baja desde la recepción hasta el ascensor, que conserva las florituras de hierro forjado de la época. La llave tintinea en el bolsillo de la recepcionista.
—¿1932? —pregunta el hombrecillo divertido.
—Eso tengo entendido, señor. Le parecerá muy lejano y quizá alguna de las reformas que se han ejecutado con los años dé la impresión de que las instalaciones son más modernas, pero lo cierto es que lleva mucho tiempo en pie.
—¿Lejano? Ja, ja, ja —ríe él pausadamente—. Si supieras, niña, el tiempo que…
—¡Oiga! No me llame niña. Qué se ha pensado…
—¡Niña! ¡Sí! ¡Niña! —interrumpe él sin miramientos—. ¡No sabes con quién estás hablando! ¡No tienes ni idea de lo que aquí sucede!
Las extrañas facciones del hombre se transforman en brutales, asesinas. Los ojos parecen salirse de las órbitas y, entre restos de saliva, grita en la misma cara de la muchacha.
—¡Este no es un hotel cualquiera, mi niña, claro que no! No se construyó en 1932 ni el patio interior fue mandado construir por el cacique que gobernaba  por entonces. Oh, no, no tienes ni idea, preciosa niña. Subamos, subamos a las habitaciones. ¿No has notado algo raro desde que trabajas aquí? ¿No te extraña que los inquilinos sean más residentes fijos que temporales? Tu antecesor era más espabilado…
La joven traga saliva. Permanece clavada al suelo, atemorizada por el cambio de humor del hombre que de forma tan amable se había presentado hacía unos minutos y, tan graciosamente, había dejado su tarjeta de «Coleccionista» sobre el mostrador. Se ha convertido en un brutal personaje con el que nunca debió entablar conversación.
—No, no, no. No pretendo asustarte, pequeña —suaviza ahora con la voz ligeramente afeminada—. Disculpa mi temperamento, por favor. Me cuesta controlarlo cuando me emociono.
—¿Y qué es lo que le emociona, señor? Por favor, déjeme marchar. Quedan apenas diez minutos para que termine mi turno. Reconozco mi ignorancia sobre el hotel y el lugar y lo que usted quiera. ¡Por favor! ¡Volvamos abajo!—suplica sin que sus peticiones tengan cabida en los pensamientos del hombre.
Llegan a la tercera planta, donde algunos de los inquilinos puede que ya estén durmiendo. O quizá puedan salvarla. Entonces, grita pidiendo auxilio. El hombre le propina un puñetazo en el estómago para que se calle, cuando aparece de pronto por el otro extremo del pasillo un chico joven con la piel muy clara y una bufanda roja. Observa la situación y saluda con una sonrisa al hombre del maletín.
—Tú por aquí, Rodia. ¡Ja, ja, ja! ¿Cómo va, camarada? Mejor clima que en Rusia, ¿cierto? —bromea el coleccionista.
El chico simplemente sonríe y atraviesa una de las paredes del pasillo hasta desaparecer como un ánima. En ese mismo instante, se abren las puertas de varias habitaciones y aparecen algunos de los inquilinos. El revuelo es evidente. Alguien ha pedido auxilio. Se miran sorprendidos entre sí hasta divisar a la recepcionista del hotel acompañada por aquel hombre. ¡Aquel hombre! El primero en acercarse es un antiguo dirigente de la revolución extremeña del 36.
—¡Hombre! ¡Tiempo ha desde que nos vimos la última vez! —grita a lo lejos—. ¿Qué asuntos le traen aquí? Ya tuve suficiente cuando visitó mi pensión. Me libré del fusilamiento pero usted vino a por mí, bribón. ¡Vaya si me acuerdo!
—Y bien que vives ahora aquí —contesta el hombre sin dejar de agarrar el brazo de la joven que parece a punto de desvanecerse.
El vives resuena a broma, a chiste. Quizá por eso todos ríen y van acercándose poco a poco. Entre ellos, el señor Orestes, la extraña pareja que nunca sonríe, un tipo con traje de aviador, una joven con sombrero y botas de cowboy… Hasta que aparece él. Su antecesor.
—¡Hey, tía! ¿Qué pasa? ¿Cómo va el curro? Aburrido, ¿eh? —pregunta con una sonrisa en los labios a su compañera de trabajo.
—Ma… Ma… ¿Marcos? —pregunta ella con lágrimas en los ojos—. ¿Qué… Qué haces aquí? Tú… Tú deberías estar…
—¿Muerto? —finaliza él la frase con una alegre carcajada.
Así es. Debería estarlo y lo está, tras el episodio violento que se vivió en el pueblo hace unos meses, cuando un extraño acabó con su vida cuando intentaba robar en su casa. Los demás inquilinos se unen a la fiesta y ríen al igual que él, ante lo cual, más puertas se abren y más clientes acuden al corredor para ver qué ocurre.
—¡Muertos! ¡Muertos! ¡Muertos! —comienzan a gritar al unísono—. ¡¡Muertos!! ¡¡Muertos!!
El ambiente es nauseabundo, todo le da vueltas, le estalla la cabeza y no puede parar de gritar y mover los brazos nerviosamente, mientras el coleccionista la agarra con fuerza por la cintura y susurra en su oído:
—Y tú serás la siguiente, niña, tú. Dame la llave, dame una simple llave de este hotel para la colección y formarás parte de él para siempre.

domingo, 1 de abril de 2018

Un mal despertar

Esta noche he tenido un sueño muy extraño y en algún momento debo haber sentido mucho miedo, porque me he meado en la cama. Mientras pongo a lavar la ropa manchada intento concentrarme en la pesadilla. Las imágenes llegan difusas, pero puedo rescatar alguna. Me veo de pie, desnuda,  frente al espejo. Sé que soy yo, pero la imagen del reflejo no es la mía. Sin embargo en ese momento no me importa o lo veo normal. Abro la cristalera de la ducha y me introduzco con sumo cuidado. No sé el motivo pero me siento insegura, vulnerable, como un recién nacido. Dejo correr el agua, profusa. Uno, dos, tres, cuatro. Resoplo en el sueño. Gruño. Con una voz inusual. No tengo tiempo de esperar a que salga el agua caliente. Debo preparar un pastel para llevar al trabajo. En los hospitales es costumbre que cada día alguien lleve un pastel. De higos, lo voy a llevar de higos. No sé por qué, pero me apetece mucho. Salivo.
Hincho el pecho. Las imágenes nebulosas se marchan de momento. Vierto un chorro de suavizante en el cajetín de la lavadora y decido que me apetece comer chocolate. Fuera hace frío, aunque ya han florecido los almendros. Enciendo un pitillo y veo a la vecina tender la ropa. No es fea, aunque no es mi tipo. Su marido siempre me mira cuando salgo a tomar el sol. Él sí es feo. Lo veo entrecerrar los ojos intentando agrandar mi imagen de algún modo, para degustarme más. Son acuosos. Cuando me mira así me recuerda a cierto tipo de perros. Esos que tienen las orejas muy largas y la mirada bobalicona. ¿Un pastel de higos? ¿En serio? Expulso el humo y observo a la mujer que tiende. Su cara parece triste. No, triste no, más bien parece baldía, desértica. Ella también me mira cuando salgo a tomar el sol, aunque lo hace de modo huidizo. De frente le da vergüenza, pero sé que me espía tras los visillos. Su avidez caníbal la delata, porque la siento como una quemazón en el pecho, entre los muslos, en la boca, en la nuca. Sus ojos también son acuosos.
Enciendo otro pitillo. Nunca me había meado en la cama. Ni cuando era niña. Ni siquiera aquella noche en que, cambiando de postura, caí sobre la alfombra en medio de una total oscuridad. Tenía tanto miedo a moverme que cerré muy fuerte los ojos y desaparecí.
La casa está helada, aunque sea marzo y los almendros ya hayan florecido. Observo el paquete de cigarrillos: me quedan tres. En la cajetilla aparece la imagen de un niño en brazos de su padre, que está fumando. Miro al pequeño. Tiene un corte de pelo que me recuerda a algo. Parece un pelucón. No me acuerdo. Cuando no me acuerdo de algo, la maquinaria de mi estómago se pone a funcionar y sé que desembocará en una especie de vértigo que no se irá. Soy así. Cierro los ojos. Vamos, nena, busca. Un niño pequeño que entra en una casa con un cuchillo llamando a mamá. Mamá, mamá, soy yo, tu pequeño Cage. Vengo del cementerio a joderte un poco. Sonrío, satisfecha, ahí está. No me extraña que tu padre te eche el humo en la cara. No me extraña que quiera que te mueras.
Ella, la mujer que tiende, cree que le sonrío a ella y me corresponde a su vez con una suerte de mueca temblorosa. En sus ojos tímidos, que tanto se preocupa de esconder, logro leer una amenaza o una promesa, depende de cómo se tome: «esta
noche me voy a meter en tu cama y te voy a hacer el amor con un hambre que no conoces, porque mi marido es feo, insulso y aburrido y cuando sus manos buscan mi coño parecen cocidas y flojas y no tienen ritmo ni sentido de la orientación. Su lengua no es mejor, créeme».
Te creo. Pero algo hizo que esta noche me meara de miedo y no puedo estar por ti, nena. Tal vez un día de estos me desnude en la ventana para que puedas masturbarte pensando en mí, en la lobreguez de tu cuarto rancio, mientras tu marido te sopla el cuello con sus ronquidos moribundos y su aliento agrio a estómago sucio, mientras miras la ventana buscando una senda que te lleve lejos del ser gelatinoso que duerme a tu lado, ese que no calienta tu cama, ni tu mente. Pero eso será otro día.
Gelatinoso. La cara que vi en el espejo también lo era. No me pareció importante, porque en los sueños las cosas extraordinarias son de lo más normal. Como aquella vez que soñé que mi avión volaba entre las favelas, sorteando a las putas, girando en calles de un metro de ancho, seguido por una turba de chiquillos descalzos y renegridos con destornilladores en las manos, deseosos tal vez, de desmontar las alas para venderlas como chatarra.
Aparco el sueño. Es hora de tender la colada.
Hace un día espléndido, azulado y luminoso. Ya casi es medio día y la tarde viene con olor a madreselva y a jazmines; al fondo se ve un poco el mar calmado. De pronto me gustaría tener una higuera en mitad de la terraza. Cargada de higos maduros y dulces, chorreantes de azúcar. Los higos son manojitos de flores que forman un fruto, lo dijeron ayer, en un documental. Respiro feliz cerrando los ojos. Seguro que fue una tontería lo del sueño. O que entró aire helado. Oh, ahora recuerdo que cuando apagué la luz comenzaba a llover un poco fuerte. A veces sucede que soñamos con agua y se afloja la vejiga. No es frecuente, pero puede suceder.
Oigo descorrer la cristalera de tu casa. Eres tú, que vienes a recoger la ropa seca. Me miras. ¿Por qué te has puesto tan pálida? De pronto algo verde cae sobre mis pies desnudos. Es una sustancia densa, como un moco. Retrocedes espantada. No entiendo por qué te tapas de ese modo la boca. Como si tuvieses miedo. Me apena. Tal vez debiera acercarme a ver qué te ocurre. Miro la sustancia verde y sacudo el pie con cierto asco y me avergüenzo de mi misma, porque a estas alturas y trabajando en un hospital ya nada me debería producir repugnancia. Yo, tan acostumbrada a las heces, a las blancas cancerígenas o a las alquitranadas por sangre, al vómito verde y al rojo, al moco denso, a la pus volcánica, a la sangre fresca, a la coagulada, al olor de la putrefacción que ya llega.
El pajarillo ya se ha escondido tras los visillos. Te imagino tapando un lado del televisor. Casi puedo ver a tu acuoso marido diciéndote que apartes tu culo gordo, que no le dejas ver el partido. Me prefieres así. Para ti sola. Sin dar nada a cambio. Pues bien mujer, a lo mejor ya ha llegado la hora de insuflar un poco de vida a ese coño tuyo medio necrosado. La sustancia verdosa seguro que vendrá de arriba, tal vez se haya cagado un pájaro enfermo, dicen que las palomas están podridas por dentro. Sonrío al quitarme el vestido por la cabeza porque te imagino sin aliento, tragando saliva. Intuyo tu mano deslizándose bajo las castas bragas de color carne, acariciando el poblado cabello púbico, sin adentrarte en los labios, para alargar el placer. No puedo resistir la tentación y de forma disimulada te busco con la mirada. No eres mi tipo, pero me provoca seducirte.
¡Eh!… ¿Qué es todo ese revuelo? ¿Qué ocurre? ¿Y qué demonios hace la policía en tu casa? Tal vez se trata de una disputa doméstica que se ha transformado en paliza. Pero es raro, no he oído gritos, ni lamentos, ni insultos, tampoco sillas caer, ni jarrones estrellarse contra el cuadro de la suegra, o de la madre o del padre. ¿Te habrá pegado por espiarme tras los visillos? Está celoso, seguro.
—¡Ahí la tienen! Ya ven que no les he mentido.
¿Por qué gritas despavorida?
—Ven, Teresa —te aconseja tu marido—, y cierra la puerta, no vaya a ser que ese bicho sea peligroso, que no sabemos de dónde viene. No tienes más que ver que allí donde cayeron sus babas se ha deshecho el asfalto. Debe haber entrado volando por la noche en casa de la vecina. Pobrecilla. ¡Era tan guapa! Ese gran insecto llegado del espacio o de los mismísimos fondos de la tierra la habrá devorado.
Pero… ¿Qué demonios…? No entiendo nada.
—Señora —te sugiere el policía más alto—, tal vez podríamos entretener al monstruo si le lanzamos algo de comer. Así, mientras sorbe la vianda, nos dará opción a echarle una red que tenemos en el coche patrulla, para tal menester. Manuel, baja a por la red. Y usted señora, vaya a buscar algo a la nevera, preferiblemente dulce. No sé, un pastel, por ejemplo, que es una vianda que no puede desagradar a nadie, ni de aquí ni del mismísimo espacio exterior y ya sabe el refrán: «se matan más moscas con miel…»
Observo toda la escena, perpleja. Estoy siendo objeto de una broma, sin duda. Busco las cámaras entre las macetas, entre los enanos de escayola. Nada. Pero estoy segura que dentro de un segundo aparecerá alguien con un micrófono. Vuelves con un pastel y dices que es de membrillo, que no tienes de otro tipo, que si da igual,  y se lo tiendes al policía:
—No vaya a lanzarlo usted con el plato, señor agente, que es de bronce. Es que era de mi abuela, que en paz descanse —le ruegas al hombre.
—Pero mujer, ¿cómo lo voy a lanzar sin el plato? ¿No entiende que se deshará en el aire? —exclama el policía mirando a tu marido, que se encoje de hombros. Los torpes se entienden, ya lo ves.
El objeto redondo que contiene el dulce se estrella contra mi cabeza ocasionándome un gran dolor y haciéndome perder el equilibrio. En el suelo, me palpo para ver si el golpe ha producido algún tipo de brecha y compruebo por la humedad que sí. Si pudiera llegar a casa, allí tengo aguja e  hilo de sutura. La sangre mana imparable y encharca mis ojos. Los toco. ¿Cuándo se pusieron tan abombados?
—Mira ese líquido verdoso que le sale de la cabeza, Teresa, creo que le hemos herido de gravedad —dice tu marido señalándome con ese dedo suyo flácido. De pronto me recuerda a Donald Sutherland en cierta película de vainas.
El entorno se desvanece. Me siento muy débil. No tengo fuerzas y te busco. Te grito que me ayudes o eso creo, pero lejos de soltarte del abrazo de tu marido para socorrerme te tapas la boca para impedir el vómito. De pronto noto una humedad entre las piernas.
Creo que he vuelto a mearme.

El doctor Xiong Mao

Bobby me mira fijamente con sus redondos ojos saltones, atento a mi siguiente movimiento. Tiene los dientes inferiores salidos, el pelo rojizo mal cortado y la nariz achatada como un boxeador. Su aspecto es terrible. Es el perro pekinés más feo que he visto en mi vida.
     ¿No lo puedes llevar tú, amor? —Hago un último intento por zafar el bulto—. Debo tener un avance listo para llevarlo mañana. ¡Si al menos tuviese una semana más!
     Lo siento, amor, yo tengo hoy final de temporada. Sólo tienes que darte un salto y regresas a terminar de diseñar. ¿Te falta mucho?
     Apenas he hecho algunos bosquejos. Ninguno me convence. Para mañana difícilmente tendré algo. Y lo del perro es en el Barrio Chino; ¿por qué tan lejos?
     Pasó un hombre por la tienda repartiendo volantes a la hora del almuerzo. Se supone que son especialistas en perros pekineses. Y como hace días que Bobby está así, que ni siquiera sabemos qué se tragó...
El animal me mira a los ojos con su expresión estúpida. Acerco mi rostro y le susurro:
     ¿Qué diablos te tragaste, animal tarado?
     ¿Qué dices, amor?
     ¡Nada, amor nada! ¿No puede ser otro día?
     Sólo tenían cupo para hoy.
     Pero yo...
     ¡Por favor, mi amor! —Sale del baño con el cabello mojado. Trae encima únicamente una de mis camisas, la más corta, que le deja al descubierto esas maravillosas piernas torneadas de voleibolista—. ¡Y te prometo que en la noche te daré tu premio!
     Yo... lo llevaré en media hora.

***

Con el perro en brazos paso bajo el arco rojo y dorado con tejas verdes. Por todas partes hay dragones e ideogramas: en las columnas del arco, en las baldosas del piso, en los techos de los quioscos. En estos pintorescos quioscos de madera pintada de verde se ofrece de todo: incienso, hierbas curativas, gatos con pata de péndulo, fichas de mahjong, cartomancia. Casi me animo a averiguar mi nombre en chino y su significado. Un amigo mío lo hizo y resultó que se llamaba «el mono enfermo que se masturba». Sospecho que algo tuvo que ver con que regateara el precio. Pero igual prefiero permanecer en la inopia.
Detrás de los quioscos se encuentran los comercios mayores, casi todos restaurantes y bazares en el primer piso y galerías en los superiores. Me dirijo hacia uno de ellos, el que corresponde con la dirección del veterinario que figura en el volante. En la puerta entreabierta, que da a un oscuro corredor, un sujeto gordo con trenza y delantal engulle un plato de fideos.
     Buenas —lo saludo—, ¿acá es la veterinaria?
El gordo no deja de comer. Cambio la pregunta.
     ¿Habla castellano, amigo?
Nada. Lo único que asoma de la boca del tipo son los fideos mal engullidos. Estoy a punto de darme la vuelta, cuando Bobby lanza uno de sus agudos ladridos. En el acto, el sujeto deja de comer, se pone de pie y empieza a caminar por el corredor. Me encojo de hombros y decido seguirlo.
Sobre nuestras cabezas flotan, más que colgar, globos de papel rojo con ideogramas negros en fondo amarillo. Cada uno tiene un ideograma diferente. Andamos un largo trecho. No hay puertas a los lados, sólo las paredes lisas bañadas por el resplandor tenue y cálido de los globos. No se oye el menor ruido tampoco. Sólo están el silencio y la penumbra. Hasta que llegamos a una vieja puerta de madera sin desbastar. Sobre ella hay algo parecido a un medallón circular de bronce, que representa una pagoda. El gordo golpea la hoja de la puerta una sola vez. Y se va. La puerta se abre.
Un anciano diminuto, enfundado en un traje enterizo de color gris, asoma su rostro arrugado como un pergamino. Las inescrutables hendiduras de sus ojos me miran a través de las gruesas lunas de sus gafas redondas.
     Buenas tardes. —Me sale una voz aflautada. Carraspeo—. ¿El doctor Xiong Mao?
El anciano se hace a un lado, permitiéndome pasar. Entro en una amplia habitación octogonal de aproximadamente dos metros por lado, con un tragaluz en lo alto que la ilumina profusamente. Es una habitación muy colorida. Cada una de sus paredes está cubierta de imágenes en relieve pintadas con todas las gamas imaginables. No hay un rincón de sus superficies que no esté cargado de color. Ríos azules, prados verdes, soles rojos, lunas amarillas, cielos violáceos. Flores, frutos, peces, aves. Arcos, puentes, pagodas. Todo lleno de color y movimiento, como el interior de un descomunal caleidoscopio. Y en el centro, dominándolo todo, se encuentra la voluminosa figura sentada en un taburete, frente a mí. La observo extrañado. Me vuelvo a ver al anciano.
     Busco al doctor Xiong Mao —le explico, suponiendo que no me ha comprendido, y repito—. Xiong Mao.
     Xiong Mao —me responde el anciano, señalando a la figura sedente. Yo volteo a verla de nuevo.
El doctor Xiong Mao no lleva puesta prenda alguna. La mayor parte de su corpulencia consiste en el abdomen, enorme y blanco como la nieve. Pienso, con incómoda perturbación, que ese abdomen ha de ser muy suave al tacto. Su cabeza, igual de redonda y blanca que el vientre, la tiñen dos oscuras ojeras que le otorgan una expresión triste. Mordisquea un tallo de bambú. Vuelvo al voltear hacia el anciano.
     ¿Un oso panda? ¿Ése es su «doctor Xiong Mao»? ¿Es una broma? Deme permiso, voy a salir.
     ¿Por qué siempre dicen que somos osos?
Volteo lentamente. El doctor Xiong Mao resopla. Da otro mordisco al bambú.
     ¿Habla? —pregunto, absurdamente.
     ¿Le extraña que hable, sin más? ¿No debería extrañarle que hable en su lengua?
     Yo... Sí, claro. ¿Usted es el doctor Xiong Mao, entonces?
     ¿Siempre es tan estúpido?
     ¿Cómo dice?
     ¿No se calla nunca?
     ¡Óigame...!
     Es un poco lerdo, pero yo respondo de él.
Bajo la vista. Bobby mira al doctor Xiong Mao.
     ¿Da su palabra por él, Maestro Gôu? —pregunta éste, sin dejar de mordisquear el bambú.
     La doy, doctor Xiong Mao—responde Bobby.
     Bien, Maestro. Entonces tiene una semana más.
     Le agradezco, doctor.
     Todo por usted, Maestro. Sólo una cosa más, si me lo permite.
     Diga, doctor.
     Color. Quiero ver mucho color en sus diseños.
     Así será, doctor.
El doctor hace una venia. El anciano se acerca y me muestra la salida. Yo, atónito, salgo la de la habitación. Como hipnotizado, recorro el pasadizo y llego a la puerta que da a la calle. El gordo de la trenza está nuevamente ahí, engullendo fideos de ese plato al parecer inacabable. Antes de poner un pie afuera, levanto a Bobby hasta colocarlo a la altura de mi cara.
     ¿Tú.... hablas? —le pregunto.
Pero el animal se limita a mirarme con la lengua afuera.
     ¿Maestro...Gôu?
Podría jurar que sonríe, divertido.

***

Me siento muy confiado. Con este plazo extra, he podido armar tres propuestas diferentes, y todas me gustan. Estoy seguro de que lograré convencerlos. Observo a mi alrededor la elegante sala de espera. Es seguro que ganaré buen dinero aquí. No podía ser mejor. La guapa secretaria cuelga el teléfono y me sonríe.
     En cinco minutos lo atenderán, arquitecto.
     Gracias, señorita. ¿Sabe con quién será la reunión?
     Con el presidente del directorio, el doctor Xiong Mao.
Pasada una semana de la visita al Barrio Chino, he terminado por convencerme de que todo ha sido una alucinación. He vuelto al lugar y no encontrado la dirección, ni la puerta ni al sujeto comiendo fideos. Al perro lo llevé a otro veterinario y éste me dijo que todo estaba bien, no había nada raro en el animal. No ha vuelto a hablar, claro, si alguna vez lo hizo. Ni siquiera he encontrado el volante del doctor Xiong Mao. Y mi media naranja no recuerda el nombre ni el número al que llamó. Y, sin embargo, ahí está de nuevo ese nombre.
     Disculpe, señorita. —Trago saliva—. ¿Cómo es el doctor Xiong Mao?
     ¿De carácter, quiere decir?
     No, físicamente.
     Bueno, le diré —la muchacha baja la voz y aproxima la cabeza, cómplice—. Es bastante gordo. Es lo que más llama la atención de él. Por lo demás... pues creo que tiene que verlo con sus propios ojos.
     Entiendo.
     Lo que sí le digo es que espero que sus diseños sean muy sobrios.
     ¿Y eso por qué?
     Porque es muy formal: siempre va de blanco y negro —me explica, muy seria—. Por eso le digo que no creo que le guste mucho el color. A la gente que va siempre de blanco y negro no creo que le guste el color.
     Pues le diré —le respondo—.  Algo me dice que es todo lo contrario.
El teléfono suena. La muchacha contesta.
     Puede usted pasar —me indica, tras colgar—. Es esa puerta abierta. Luego, siga por el corredor hasta el final. Suerte.
     Gracias.
Me pongo de pie. Me dirijo a la puerta indicada. Junto a ella está sentado un sujeto. Es un tipo gordo con trenza, que engulle un vaso de fideos instantáneos. Lleva puesta al cuello una servilleta para no manchar el traje. «El de seguridad», me digo.
     Buenas tardes —saludo. Pero no me responde—. ¿Usted habla...? Olvídelo.
Sigo de frente por el corredor. Las paredes lisas están iluminadas por el tenue resplandor de las luces LED en tonos rojos con toques amarillos. Llego a una puerta de madera contraplacada que ostenta el logo de la empresa: la silueta estilizada de una pagoda encerrada en un círculo. Llamo. La puerta se abre. Asoma un anciano diminuto de traje gris y corbata, con gruesas gafas redondas. Suspiro.
     ¿El doctor Xiong Mao? —pregunto.
El anciano se hace a un lado. Paso al interior. La sala de juntas es una amplia habitación octogonal, llena de luz y color, mucho color.
Y en el centro...

29.03.18